EL 20 de abril de 1986 no fue un día cualquiera en la historia del baloncesto. Aquella tarde de domingo, sobre el mítico parqué del Boston Garden y bajo la atenta mirada de los estandartes de campeonatos pasados, el mundo presenció una de las actuaciones individuales más aplastantes jamás vistas.
Un joven escolta de los Chicago Bulls, en apenas su segunda temporada como profesional y regresando de una lesión que amenazó su carrera, decidió que las leyes de la lógica no se aplicaban a él. Su nombre era Michael Jordan y aquella noche anotó 63 puntos en un partido de Playoffs. Cuarenta años después, en medio de la era de la explosión ofensiva y el triple, ese récord sigue intacto.

La batalla en los despachos
Para entender la verdadera magnitud de la hazaña, hay que conocer el drama que se vivía dentro de los Chicago Bulls. La temporada 1985-86 había comenzado como una pesadilla: en el tercer partido del año, Jordan se fracturó el hueso navicular de su pie izquierdo. El diagnóstico fue demoledor y se perdió 64 partidos.

La gerencia de los Bulls, encabezada por Jerry Reinsdorf y Jerry Krause, tenía un plan claro: mantener a Jordan fuera todo el año, asegurar que el pie sanara al 100% y, de paso, sumar la mayor cantidad de derrotas posibles para conseguir una elección alta en el Draft. Pero Jordan no entendía de «tanking». A espaldas de la franquicia, comenzó a jugar partidos de exhibición en la Universidad de North Carolina para probar su pie.
Cuando exigió volver, los médicos le advirtieron que había un 10% de probabilidades de recaer y arruinar su carrera. Reinsdorf le preguntó: «Si tuvieras un dolor de cabeza y te diera diez pastillas, sabiendo que una te mataría, ¿te la tomarías?». Jordan le miró fríamente y respondió: «Depende de lo fuerte que sea el dolor de cabeza». The Daily Chicago
Forzó su regreso jugando bajo una estricta restricción de 7 minutos por mitad que lo enfurecía y, contra todo pronóstico de su propia directiva, coló a los Bulls en la postemporada con un pobre balance de 30 victorias y 52 derrotas. El «premio» por ser octavos del Este era visitar el infierno verde.
El rival: El mejor equipo del mundo

Los Boston Celtics de la temporada 85-86 no eran simplemente un buen equipo; muchos analistas los consideran la mejor plantilla de la historia de la NBA. Habían ganado 67 partidos en la fase regular. Su récord en casa era un espeluznante 40-1.
Dirigidos por K.C. Jones, contaban con un quinteto que metía miedo: Larry Bird (en el apogeo absoluto de su carrera y coronado MVP ese mismo año), Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge. Por si fuera poco, desde el banquillo salía un resucitado Bill Walton, quien acababa de ganar el premio al Mejor Sexto Hombre. Era la mejor línea frontal del planeta y la defensa más dura de la liga. Un cruce de primera ronda que apuntaba a masacre y que, en el primer partido de la serie, se saldó con un 123-104 para los locales, a pesar de que Jordan ya había avisado con 49 puntos.
El «Game 2»: Un recital de fundamentos ofensivos

Desde el salto inicial del segundo partido, la atmósfera cambió. Jordan había entrado en esa zona mental donde la canasta parece una piscina y los defensores son simples obstáculos de entrenamiento.
K.C. Jones le mandó a su perro de presa principal: Dennis Johnson, un futuro miembro del exclusivo Hall of Fame y uno de los mejores defensores perimetrales de la historia. Pero Jordan lo superó con su primer paso una y otra vez. Los Celtics ajustaron; mandaron a Danny Ainge, probaron con Rick Carlisle e incluso intentaron atraparlo con Kevin McHale en los cambios de asignación. Nada funcionó.
Lo más impresionante de aquellos 63 puntos es cómo los fabricó. En la NBA actual, una explosión así casi siempre incluye una avalancha de triples. Aquella noche, Jordan no anotó ni intentó un solo tiro de tres puntos. Fue un manual perfecto de baloncesto puro, agresividad y media distancia.

Atacó la pintura sin pánico frente a las torres de Boston (Parish y McHale), absorbiendo contactos durísimos y forzando faltas para castigar desde la línea de personal. Se elevó con su característico jump shot desde la bombilla. Operó al poste bajo, utilizó reversos rápidos, fintas de tiro y rectificados en el aire que dejaban a la defensa verde saltando a destiempo o cometiendo faltas de frustración.
La hoja de estadísticas de Jordan fue una anomalía matemática:
- 63 Puntos (Récord histórico en un partido de Playoffs).
- 22 de 41 en tiros de campo (53.6% de acierto)
- 19 de 21 en tiros libres (90.4%).
- 5 rebotes, 6 asistencias, 3 robos y 2 tapones en 53 minutos de juego.
El drama de las dos prórrogas
A pesar de la exhibición sobrenatural del número 23, el baloncesto sigue siendo un deporte de cinco contra cinco, y enfrente estaba una máquina perfectamente engrasada que movía el balón como nadie. Jordan mantuvo a raya a los Celtics prácticamente solo (secundado a ratos por Orlando Woolridge), forzando no una, sino dos prórrogas en el ambiente más hostil de Estados Unidos.
El guión pudo haber sido aún más perfecto. En los instantes finales del tiempo reglamentario, con el partido empatado, Jordan tuvo el balón en sus manos para sentenciar el choque, pero su lanzamiento en suspensión rebotó en el hierro.

Ya en el tiempo extra, el cansancio físico comenzó a cobrar factura. Jugar 53 minutos cargando con el 100% de la responsabilidad ofensiva de su equipo frente a la defensa más asfixiante de la liga terminó pesando en las piernas. La profundidad del banquillo de los Celtics y la inteligencia de Bird y McHale en los momentos clave decidieron la balanza. Boston se llevó una agónica victoria por 135-131 en la segunda prórroga.
«Dios disfrazado»
Los Bulls perdieron aquel partido y, un par de días después, serían barridos de la serie (3-0). Pero el resultado de la eliminatoria quedó inmediatamente sepultado por el peso de la historia.
Cuando sonó la bocina final de aquel segundo partido, el Boston Garden entero suspiró de alivio. Sabían que habían estado a punto de perder en su propio feudo por el talento de un solo hombre.

Fue en la zona de vestuarios, rodeado de periodistas y aún sudando por el esfuerzo de la doble prórroga, cuando Larry Bird pronunció las palabras que elevaron la noche a la categoría de mito:
«No creo que nadie sea capaz de hacer lo que Michael nos ha hecho hoy. Es el jugador más increíble y espectacular del mundo en este momento. Creo que hoy era Dios disfrazado de Michael Jordan».
Que un jugador de la estatura de Bird, en su mejor momento y conocido por su orgullo, se rindiera de esa manera ante un joven de 23 años, lo decía todo. Los 63 puntos no fueron solo un récord de anotación; fueron una declaración de intenciones. Aquella noche de abril del 86, el mundo entero comprendió que, aunque a los Celtics y a los Lakers de los 80 aún les quedaba cuerda, el futuro absoluto e innegable de la NBA llevaba el número 23 a la espalda.



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