Muchos jóvenes dejan su países y sus familias para poder cumplir sus sueños, poniendo en sus manos su futuro
La generación de etiquetar. El mundo de lo superficial sobre lo natural. Los aficionados pierden los estribos usando las redes sociales como el canal para hacerlo. Da igual la edad. Esa presión continúa ante unas expectativas irreales cada vez más prematuras, sumándose a la vida rápida que tenemos, donde asimilamos a cámara lenta sin darnos cuenta. Todo queda en comparativas, en ser ‘el nuevo’ alguien, que poco depende de adolescentes que solo trabajan por cumplir un sueño que puede o no llegar.
La presión ejercida sobre los niños deja traumas de por vida; es el caso de Jorge Lorenzo, que perdió la relación con su padre por la dureza de este: ‘Mi padre me llegó a tirar piedras si no me salía un ejercicio como él quería. Yo me escapaba corriendo y cubriéndome la cabeza con los brazos. Cuando perdía la paciencia era capaz de cualquier cosa’.
En la actualidad, Luka Doncic ha expuesto en varias ocasiones las dificultades que tuvo al llegar al Real Madrid con 13 años. Aunque en este caso no es por la dureza de sus padres, Luka admite en Mind the Game la soledad que sufrió al llegar tan pequeño a España sin nadie de su familia: ‘Fue duro. Nadie sabía mi idioma. Los dos o tres primeros meses no hablaba con nadie, tuve que aprender rápidamente español. Tras eso, todo fue increíble’.
Era un prodigio, todos los focos estaban frente a él. Debutó con 16 años y grandes titulares, con 18 marchó a la NBA con el prejuicio de ser europeo, y con 26 es uno de los mejores jugadores del mundo.
Aunque la gestión de las categorías inferiores ha mejorado en las últimas décadas, los chicos siguen siendo los titulares en la prensa deportiva. Esto mismo hemos podido comprobarlo en la Minicopa Endesa, un torneo de niños entre 12 y 14 años disputado en el pasado fin de semana en Valencia, junto a la Copa del Rey. Este fue el torneo que sirvió a Doncic para explotar en el baloncesto. En la fase final, destacó Moussa Balla Traoré (2013), un chico de 2,07 metros que metió en la final 27 puntos, 22 rebotes y 43 de valoración.
Se focaliza mucho en estos chicos, que destacan por la facilidad en el juego que tienen respecto a sus rivales, física en muchos casos, y comienzan las comparativas desde los ojeadores hasta la prensa, con titulares sensacionalistas que quedan en la retina del aficionado.
El debutante más joven de la ACB
En esta competición jugó Bassala Bagayoko (Bamako, 2006). Con 14 años, 7 meses y 15 días se convirtió en el jugador más joven en debutar en la Liga Endesa. Año y medio antes, en 2019, era invitado a esta tras llegar al Santa Lucía Basket (Gran Canaria). Ese mismo verano cambió la isla por Madrid, primero al Baloncesto Alcalá y finalmente recalando en la cantera de Fuenlabrada, entrenando y jugando a la vez con el júnior, el equipo EBA y el ACB.
De pequeño, él prefería el fútbol, pero su tía le dijo de probar el baloncesto. Tras eso, acabó enamorándose del juego. Al ser llamado por varios equipos de Europa, eligió junto a su familia las Islas Canarias como destino “por proximidad”. Estuvo con una familia que lo tuteló junto a otros chicos de Mali y Senegal, por lo que esos primeros meses hasta saber español fueron su grupo humano: ‘Éramos cinco o seis compañeros de piso, muy amigos. Sabíamos todos francés. Lo que más hacíamos era usar Google Translator para poder comunicarnos”. Recuerda también que, al existir la asignatura de francés en el instituto, la comunicación por momentos era más sencilla, y que había muchos docentes que “nos ayudaban mucho para aprender’.
Después de cambiar las islas por Madrid, destaca tanto que entrena con Carplus Fuenlabrada teniendo únicamente 14 años. Pero los planes de Bassala y Fuenlabrada eran la excepción a la norma: en un partido frente al Real Madrid, el joven consiguió convertirse en el jugador más joven en debutar en Liga Endesa. Le quitó el récord a Ricky Rubio que debutó con la Penya con esa edad pero algunos días más. Él mismo describe como ‘increíble’ aquel día y los posteriores: ‘Un montón de mensajes. Todo el mundo llamándome, felicitándome. Llegar al colegio y lo mismo. Estaba muy nervioso, aunque la familia me ayudó mucho’.
Aunque él considera a sus tutores legales como su familia por el gran trato que tuvo, ayudándolo siempre que lo necesitó, Bassala tuvo que pedir ayuda: ‘Siempre hace falta, iba al psicólogo porque echaba mucho de menos a mi hermana pequeña durante el primer año en Fuenlabrada. Además, era mi primera vez en un equipo muy grande y tenía mucha responsabilidad. Me vino bien’.
Pero aquel 5 de noviembre de 2022 cambiaría todo. Bassala sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior y del menisco externo de su rodilla derecha. Tenía sólo 16 años. Bagayoko cayó en el olvido al pasar más de 2 años sin poder jugar por esta lesión: ‘Es lo más importante, y lo pasé bastante mal. Mi cabeza siempre pensaba en que estaba toda la gente hablando de mí, pero, de repente, ya nadie te pone un mensaje ni para saber cómo estás’. Además, las comparativas con otros jóvenes a los que se había enfrentado y ya estaban triunfando, mientras él estaba lesionado, fue difícil de gestionar: ‘Yo era mejor que algunos, pero como estaba lesionado, los ponían por delante de mí’. Aquí, la familia y el fisio que le estuvo tratando en el proceso le daban ánimos y le aseguraban que volvería a ser el que era.
Rompió el contrato con Fuenlabrada y su familia corrió con todos los gastos de su recuperación. En agosto de 2024, Bilbao Basket lo firma para el tramo final de esta, comenzando a jugar unos meses después y consiguiendo el primer título de su carrera: la FIBA Eurocup.
Una situación que viene de lejos
Pero estos casos no son solo actuales. Beqa Burjanadze (Tiflis, 1994) salió de su país de origen con 15 años, recalando en Sevilla. Era primo de Zaza Pachulia, segundo georgiano en llegar a la NBA y el primero en ganarla. Igual que Bagayoko, un familiar (su madre) le animó a que probara, y tras quedar encantado, nunca más cambió. Tras perder a su padre siendo niño, dejó atrás a su mencionada madre y a su abuelo, aunque recalca que ella ‘estaba como yo, incluso más, de que fuera a Sevilla. Quería que consiguiera mis objetivos y mis sueños a nivel deportivo y personal’. El ‘gran sacrificio’ que describe Beqa de irse a 5.578km en un sitio tan diferente le supuso una gran responsabilidad. Mandaba todo el dinero que le pagaban para que su familia liquidara las deudas: ‘Solamente el primer pago lo usé para todo el año, y los siguientes nueve meses todo lo que me daban yo lo enviaba’.
Los problemas del idioma duraron seis meses, ya que ‘teníamos una profesora maravillosa que nos daba clase de castellano. No fue fácil porque, al ser de un pueblo de Sevilla, hablaba súper rápido’ comenta entre risas con ese buen recuerdo de un joven inocente fuera de su entorno. A diferencia de Bagayoko, no había ningún georgiano en Sevilla, y no vivía en un piso compartido, sino una residencia. Recuerda una gran ayuda por todos para que pudiera adaptarse, pero recuerda en especial a su compañero de habitación: ‘Él era de Gambia, y era la primera vez que estaba fuera de su país. Teníamos mucho en común, nos entendíamos súper bien. También creo que fui importante para él en los momentos difíciles’. Sin embargo, esos problemas personales no recuerda notarlos, ya que su objetivo era ser profesional, y ‘ni sentía que fueran problemas’. El deseo de querer jugar con la camiseta de Cajasol ponía en un ‘plano secundario’ tener a sus amigos o familia lejos.

Creció mucho como jugador hasta llegar a ser profesional. Había cumplido su sueño. Sin embargo, necesitó ayuda psicológica en relación al jugador que quería ser: ‘recuerdo que tenía muchas charlas con él porque tenía algunos problemas con mi perfil de jugador, como yo quería ser, y la verdad que me ayudó un montón’. Habla de Jesús Portillo, psicólogo del Cajasol Sevilla desde el 2011 hasta el 2014, y actual responsable del Centro Andaluz de Medicina del Deporte. Cajasol fue de los primeros equipos que introdujo un psicólogo en su estructura, y le ayudó mucho en su crecimiento como profesional. A día de hoy, algunas canteras de élite siguen sin tener un profesional en sus equipos inferiores.
Dos situaciones diferentes… pero con el mismo trasfondo
Sin embargo, ambos tienen una gran diferencia: la época en la que crecieron. Y una de las grandes diferencias entre el georgiano y el maliense son las redes sociales. Mientras Beqa recuerda que no era una problemática porque ‘no tenían tanto peso’, Bassala sí recuerda que tuvo un mayor impacto para él: ‘Mi madre me llamaba y me decía: oye, que esta persona me ha dicho que has ganado no sé qué trofeo, me imagino que te va todo bien. Era mucha presión’.
Además, los dos coinciden en que la cantidad de discursos de odio existentes en Internet acaban afectando más de lo que debería. Beqa recuerda una de sus peores épocas personales, cuando comenzaron a escribir sobre él que estaba en la selección georgiana por ser el primo de Zaza Pachulia, ‘el nespotismo’ como lo define: ‘Entraba ahí, miraba y me deprimía, me daba un bajón increíble. Creo que mejoré como persona y no me afectan tanto, pero en aquel momento sí que no llevaba muy bien ese tema’. Aun así, él dice que ‘cada persona puede decir o escribir lo que quiera’, y es más un tema de cada uno el cómo te va a afectar las palabras de ‘alguien que ni te conoce ni le conoces’.

Aunque parece que ha pasado poco tiempo desde ambos casos, la situación ha mejorado en las canteras… parcialmente. Con la llegada de la U22, impulsada por el Ministerio de Educación, el Consejo Superior de Deportes, FEB y ACB, estos garantizan la compatibilidad de sus estudios y el deporte. Ambos jugadores no pudieron disputarla porque está creada desde este año, pero están de acuerdo en lo positivo de esta liga. Beqa, desde una perspectiva adulta, ve a los chicos de Granada (equipo en el que está actualmente) y las residencias donde viven con cierta envidia sana: ‘No teníamos aire acondicionado en mi residencia, imagínate, agosto en Sevilla… sacábamos los colchones en el pasillo y dormíamos ahí, ¿sabes? Porque no había otra, sino nos íbamos a morir de calor’. Por su parte, Bassala envidia a los chicos de Bilbao U22, amenazando su incorporación al equipo entre risas: ‘me llevo muy muy bien con ellos, le dije el otro día que me hago ficha y juego con ellos’. El ritmo de entrenamientos es más favorable, y el pensamiento de dar la misma prioridad a los estudios que al deporte es lo que más atrae a Bassala, y apoya Beqa: ‘Si ese jugador no alcanza ese objetivo, por lo que sea, ¿qué vamos a hacer con él? Ya no se llamará jugador, pero se tendrá que llamar algo’.
Los efectos psicológicos y la soledad adolescente
Lucía Chica, psicóloga por la Universidad de Granada, explica la dificultad de estos testimonios y las diversas patologías que pueden presentar. Destaca la presencia de esa soledad que ambos sienten, junto a ‘expectativas irreales sobre los jugadores, el estar expuestos a lesiones también’ y posibles problemas psicopatológicos como ‘la ansiedad o la baja autoestima con pérdida de identidad’. Asegura importante la figura de un psicólogo deportivo o clínico-sanitario que les pueda ayudar tanto en el plano profesional como en el personal de diferentes formas como ‘apoyo emocional o herramientas de regulación emocional’ ya que, por esa edad, no han podido ‘fortalecer la identidad en su autoestima’.
Entre esos ‘nuevos tú’, jugadores como Bassala y Beqa han sabido llevar la situación y consiguieron su objetivo de ser profesionales. Sin embargo, no todos pueden conseguirlo, quedando como eternas promesas que son menospreciadas y denigradas sin pensar en las posibles consecuencias personales. Porque sí, son humanos ilusionados con cumplir un sueño. Su sueño.


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